sábado, 3 de marzo de 2018

El Club de la Luna Menguante


Luna de Avellaneda ilustró maravillosamente la difícil realidad que enfrentan los clubes de barrio en este tiempo.
Ciertamente, los clubes fueron pilares sociales fundamentales hace pocas décadas.
Por definición, son asociaciones de personas con intereses comunes; de hecho, es la instancia de urbanización y socialización subsiguiente a la familia y el colegio.
En la actualidad, agonizan.
Hay un elemento estructural que las amenaza, que es la falta de compromiso permanente y de arraigo de la gente del siglo XXI.
En aquellos que desempeñan funciones sociales muy importantes para el tejido social, tal el caso de los clubes de barrio, el proceso de pérdida de socios se traduce en recursos en disminución y, consecuentemente, en una pérdida de su funcionalidad que la sociedad y el Estado deben atender.
Para colmo de males queda muchas veces por resolver la cuestión patrimonial, cuyo valor es alto y su costo de mantenimiento también, por lo que es habitual ver a la avidez revolotear en derredor del moribundo.
Las sociedades culturales o comunitarias experimentan un proceso de adaptación a la sociedad y, consecuentemente, un abandono por parte de los hijos y nietos de los inmigrantes.
Las finanzas de aquellos que nuclean a deportistas de disciplinas en retirada flaquean y las de aquellos que como el fútbol están en expansión, son saqueadas por desaprensivos dirigentes.
Los clubes sufren una crisis cultural que, salvo que el hombre considere que no necesitará más instancias de socialización, debe reconfigurarse para adaptarse a los tiempos que corren.
En el informe que se puede leer haciendo click aquí se puede profundizar en el tema. Ahí se pueden leer numerosos casos reflejados recientemente en la prensa nacional.+

lunes, 17 de julio de 2017

Hasta que se demuestre lo contrario

No iba distraído. Al contrario, Estaba totalmente concentrado. Tal vez abstraído. ¿Complicado? Puede ser. Cualquier cosa antes que distraído.
El conductor, en cambio, estaba absolutamente dedicado a su labor de trasladar a una veintena de pasajeros a destino. Estaba concentrado, concentradísimo. No iba rápido ni lento. Avanzaba con firmeza por el Metrobus. Pensaba en llegar a la próxima parada y nada más que en eso. Sus ojos iban y venían desde metros más adelante hacia el colectivo y viceversa.
Un golpe seco. Un frenazo. El parabrisas derecho estrellado contra la cabeza del transeúnte que inesperadamente se lanzó a cruzar el Bajo con la luz equivocada.
Su cuerpo voló unos quince metros mientras que el del chofer quedó atornillado a la butaca, aferrado a su timón. Con angustia por su futuro y el de la víctima, indistintamente, lloraba con su boca pero sus ojos no derramaban lágrimas. Su mente sabía lo que su corazón aún ignoraba.
- ¿Qué necesita?, Le pregunté.
- Que llame a la terminal, dijo desesperado al consignarme su número.
Sus hijos, su mujer, el jefe, la justicia, los familiares de la víctima se paseaban en su imaginación solicitando respuestas impronunciables, increíbles, inaceptables frente a la realidad del atropellado.
Pasaba al otro bando. Ahora iba a tener que asistir a los tribunales con la difícil tarea de explicar su inocencia.+

lunes, 19 de junio de 2017

Décimo Aniversario

Hace unos días escribí sobre mis treinta años de profesión.
Casualmente por estos días se cumplen diez años desde mi primer posteo en glorificaatuihijo.blogspot.com, que forma parte de esta plataforma bloguera.
Cada uno de estos blogs me permitió segmentar mis intereses, establecer un panel de control, procesar la información y, alguna veces también, ofrecer mi punto de vista.
Esta plataforma siempre honró a la Verdad; nunca buscó la popularidad; intentó brindar un producto de calidad y perdurar en el tiempo.
Espero poder seguir en este camino por lo menos otros diez años para poder editar cada vez más historias que permitan la difusión de ideas y pensamientos en torno de la situación del hombre en el mundo de hoy, desde sus distintas perspectivas: profesionales (Hecho y Derecho para la comunicación y las RRPP), trascendentes (Glorifica para la reflexión y El Homológico para la ficción), política (Senderos para la praxis y Hechos Destacados para su análisis) y económicas (actualmente sólo dispone de un blog para el agro). Finalmente, este blog es efectivamente un anotador, un registro de crónicas y escritos de No Ficción que espera su turno para aumentar su volumen.
En el nombre del Señor.+

sábado, 28 de febrero de 2015

Rutas bonaerenses


La cuestión de las rutas y de los caminos bonaerenses viene de larga data. Aunque no siempre fue motivo de escarnio.
El explorador frances Jacques Cousteau fue a los océanos lo que Osvaldo Soriano (1943-1997) fue a los caminos sureros.
El célebre periodista y escritor narró su recorrido por rutas y caminos como lo podría haber hecho un cartógrafo para el Automóvil Club Argentino o para YPF.
Pero su obra no fueron mapas sino relatos. Su legado fue un testimonio en clave literaria de la libertad en cuatro ruedas. Es mejor decir cuatro ruedas que especificar la antiguedad de los modelos de vehículos que lo trasladaban de historia en historia.
Sus trayectos no estaban referidos a hitos geográficos sino que iban de un personaje a otro. Todos ellos eran perdedores y muy bizarros.
El centro de ese mundo era Colonia Vela, ese universo literario en miniatura.
Vaya nuestro reclamo vial a la Provincia y el correspondiente homenaje literario a ese genio que nació Mar del Plata, vivió en Tandil y murió en Buenos Aires.

domingo, 4 de enero de 2015

La Celma, de Timote


Cuando se pierde la historia, no se recupera
; se completan los vacíos con mitos y leyendas.


La imagen que se ve arriba corresponde a una foto tomada en febrero de 2014 al casco de la estancia La Celma, de los Iribarren, en Timote. Es de hace meses, nomás, tal como lo registró el blog Geografías
Todo el país recuerda a ese pequeño poblado como aquél en donde encontraron muerto al general (RE) Pedro Eugenio Aramburu el 16 de junio de 1970. Fueron días aciagos aquellos que culminaron en el reconocimiento que realizó el joven oficial de marina retirado Augusto Noel, que pasaba unos días en la vecina estancia El Chajá, de la familia de su esposa Feldtmann Izaguirre.
Pero lo que queda de aquella propiedad en la que se vivieron históricos sucesos es esto:
Timote es una prototípica pequeña localidad rural desatendida por su ciudad cabecera, Carlos Tejedor (que ayer cumplió 110 años) y por la provincia de Buenos Aires, cuyo régimen municipal deja a esta clase de poblaciones al borde de la desaparición.
Pero hace diez años, para su Centenario, está localidad nacida como caserío en torno de un fortín instalado a orillas de la laguna Foromalán, pegó un grito de hartazgo y se puso en funcionamiento para recuperar por sí sola la identidad local, a partir del grupo de Arte Comunitario Timotense que orienta el veterinario Rubén Rodríguez desde su centro ubicado en la vieja estación en desuso. 
Los timotenses acudieron a todo lo que tenían -su gente- y dramatizaron los orígenes de esa localidad. La obra fue luego filmada, para lo cual acudieron a Raúl Rizzo y Juan Palomino, de modo de darle más relieve a la película.

Timote supo de épocas de esplendor en los cuales fue un importante hub ferroviario (alcanzó por entonces los dos mil habitantes) y un polo agropecuario (agrícola, ganadero y tambero), hasta que la inundación de 1980 la puso en el umbral de la producción ictícola, como lo narrara un enviado especial del diario La Nación a Pehuajó a fines de esa década. 
La casa en cuestión, que había sido adquirida en 1980 por la Provincia, sufrió los embates del agua. 
El célebre sótano en donde Aramburu estuvo secuestrado desde el 29 de mayo, fue fusilado y enterrado por los montoneros el 1 de junio de 1970 quedó anegado durante muchos años.
En otro blog, Timote desde el alma, se explica que la casa es de 1910; había sido de una Iribarren casada con un Ramus, y tuvo que pasar de manos. La madre de Carlos Gustavo Ramus -miembro de la célula que también integraron Mario Firmenich, Fernando Vaca Narvaja y Norma Arrostito, entre otros- enviudó a los pocos años y tuvo que vender la finca a un operador inmobiliario local, que logró su expropiación por parte del gobierno provincial en 1980.
Desde entonces, con la sola mejora de un mástil en la entrada, la casa se ha ido derrumbando hasta llegar al estado que reflejamos más arriba, a pesar de que La Nación había advertido esta circunstancia en una nota del corresponsal en La Plata, Pablo Morosi, del 3 de junio de 2007.
Mayoritariamente se asegura que el secuestro y asesinato del general Aramburu inició el proceso más violento que vivió la Argentina del siglo XX. Al contrario, hay quienes afirman que el mismo comenzó con los fusilamientos de José León Suárez en 1956. Dejemos ese debate a los historiadores.
Lo que a nosotros nos interesa es que está localidad de 400 habitantes situada 480 km al oeste de la ciudad de Buenos Aires pierde con la casona parte de un patrimonio que comparte con todos los argentinos.
Pero no está dispuesta a resignarse.
Gracias al citado grupo de Arte Comunitario Timotense, que ha teatralizado y filmado episodios de la guerra contra el indio con ocasión del centenario del pueblo, ahora está en pleno el rodaje de La Celma, una película homónima a la propiedad de los Ramus Iribarren. 
Esto demuestra lo que puede hacer la gente cuando sabe lo que quiere y pone lo que hace falta.
Timote está de pie, como cuando le hacía el aguante al malón, y quiere que la Argentina lo sepa.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Recordándote, Zitarrosa

Todavía resuena en el inconsciente colectivo ese día de 1985, hace casi ya 30 años, en que el célebre actor norteamericano Rock Hudson (1925 - 1985) reconocía públicamente su homosexualidad, forzado por el hecho haber sido uno de los primeros casos publicitados de SIDA en los Estados Unidos.
Famoso por sus papeles de galán del cine clásico moderno, el 30 de julio de 1985, Hudson se convirtió en un símbolo de la lucha contra el HIV. Burt Lancaster, uno de sus pocos amigos que le quedaban, leyó el último mensaje del actor antes de su muerte: “No estoy feliz por tener sida, pero si esto puede ayudar a otros, al menos puedo saber que mi propia desgracia tiene un valor positivo”.
Pocos años después, el 17 de enero de 1989, moría otro ícono de la masculinidad rioplatense, Alfredo Zitarrosa. Elegante, con la voz grave del tradicional locutor, Zitarrosa fue el folklórico juglar de otra lucha, la de clases.
Pero en este caso, hubo que esperar 20 años para enterarse de su gran secreto personal. A fines de 2008, Alejandro del Prado, uno de los grandes trovadores del pop ochentoso sacó un nuevo disco, que reunía obras nuevas con viejas canciones, y se titulaba Yo Vengo de Otro Siglo.
Una de las canciones de este disco se la dedica a Zitarrosa. Del Prado fue uno de sus guitarristas durante un compartido exilio mexicano. En las entrevistas que dio por la salida de su nuevo disco, Del Prado explica que Zitarroseando -tal el nombre del tema- más que un homenaje al maestro folklorista rioplatense contiene notas de recordación personal.
Concretamente, explicó a la Revista Noticias: ¿“Zitarroseando” es un homenaje? Del Prado: No está “dedicada a”. El tema habla de mí. Él era un grande, y como tal, me hizo pensar en mí. Todavía hoy sigo descifrando la relación que tuvimos. Siempre me gustó mucho hablar de él pero, paradójicamente, ahora que compuse la canción estoy hablando muy poco. Intenté escribir un libro sobre su vida y pensé en hacer una película, se merecía una superproducción porque él era una estrella de Hollywood. Su figura es cautivante y todos los que lo conocieron de cerca lo recuerdan con mucho cariño.
Sin embargo, sí habla de él; esa canción arroja un dato muy importante para la vida del uruguayo en esta estrofa:
"Zambita cantale
Al muchacho prohibido.
No sin pero, si,
Que con sin ton ni son
Digo sin, pero con motivo.
Por eso te pido,
Zambita cantale,
Decíle al oído,
¡Que triste y que lindo!
¡Que alegre es el vuelo
De los “ignoritos”!,
Que silbando van,
Que silbando vienen
por el éter del mundo,
por la plata del río".
El autor de Stephani solía pedirle a la milonga que le cante a algo o a alguien.
En este caso, precisamente, compuso uno de sus más destacadas genialidades a un colega locutor; una zamba, Recordándote. Se trataba de Nelson Rodríguez, a quién trataba en Radio El Espectador.
Así lo atestiguó su media hermana, Cristina Zitarrosa, en un programa especial emitido por Radio Nacional para el 25 aniversario de su muerte. "Era un amor, era un amor, ¿viste? un amor... prohibido", le dijo a Héctor Larrea, conductor del programa y conocido de todos los protagonistas de esta romántica historia quien, dicho sea de paso, manifestó saberlo.
Ciertamente, una golondrina no hace verano. Pero es una revelación sorprendente para quienes, como este humilde bloguero, admiramos al mítico cantor del arrozal.
Antes de que llegue el 17 de enero y cumplan los 26 ños de su partida, tendremos un motivo más para seguir celebrando su 25 aniversario, hablando del genio oriental y escuchando su magnífica obra.+


Recordándote
(zamba)

Oigo tu voz, llamándome,
recuerdos que devuelve el tiempo,
tu voz me nombra y me duele otra vez,
yo ya no puedo volver.

Tu voz me nombra y me duele otra vez,
yo ya no puedo volver.

Oigo tu voz, llamándome,
silencio en el silencio, y siento
que es el vino que me engaña, otra vez,
yo ya no puedo volver.

Que es el vino que me engaña, otra vez,
yo ya no puedo volver.

La noche es tan amarga y lenta,
la zamba te recuerda tanto...
que cuando canto me olvido, mi bien,
que ya murió tu querer.

Que cuando canto me olvido, mi bien,
que ya no puedo volver.

Pienso tus palabras, recordándote,
la noche agranda su silencio,
y en él te escucho, volviendo a decir:
sin ti no puedo vivir.

Y en él te escucho, volviendo a decir:
sin ti no puedo vivir.

Pero las palabras, como el aire son,
aliento que se vuelve viento,
y así tu amor, con el tiempo, murió,
el viento se lo llevó.

Y así tu amor, con el tiempo, murió,
el viento se lo llevó.

La noche es tan amarga y lenta,
la zamba te recuerda tanto...
que cuando canto me olvido, mi bien,
que ya murió tu querer.

Que cuando canto me olvido, mi bien,
que ya no puedo volver.

martes, 25 de noviembre de 2014

El Consorcio

Una vez más aparecía el anuncio pegado con Durex en el espejo del ascensor: "mañana no habrá agua".
- ¿Porqué, Miguel? -disparé, molesto, al encargado del edificio de departamentos en el que vivía desde hacía más de dos años.
- Es que vienen a arreglar la montante del contra frente.
- Pero es la segunda o tecera vez que lo hacen desde que vivo acá.
- No, lo que pasa es que la otra vez hicieron otra cosa -dijo, como queriendo explicar.
No quise escuchar ni un segundo más ni prestando un minuto de mi tiempo adicional a ese grupo de inútiles que viven a costa de nosotros los propietarios, así que luego de decir un par de conceptos educada y cortésmente me fuí.
No pude, ni quise, domar la bronca que me brotaba por dentro y le pregunté a mi mujer: "¿qué es lo que hicieron la otra vez, cuando nos cortaron el agua, ¿no era la montante?". La pobre tuvo que irme regañar y protestar contra el administrador. Debo confesar que no ahorré en acusaciones, entre las que "chorro" e "incapaz" estuvieron ronqueara entre las primeras posiciones. "Porque si fuera honesto nos daría las explicaciones correspondientes a una obra que se hizo dos veces; y si fuera capaz robaría de manera más sutil", le expliqué.
En un rapto de ejecutividad que reprimo pocas veces llamé al administrador. Recordé que el día de la mudanza había venido a saludarnos y preguntarnos si necestábamos algo. Me había caído bien. Tenía nuestra edad y un estilo familiar. Había confiado en él. Sus explicaciones habían sido claras y completas.
Está vez lo intenté sacudir para ver cómo reaccionaba. Fuí potente, tanto como pude. Usé conceptos y maneras contundentes de modo de des colocarlo y obligarlo a jugar de frente, sin vueltas.
Pero sus respuestas fueron las correctas. Estaba tanto o más preocupado que yo. Había una diversidad de posturas en el Consejo de Administración que lo obligaban a lidiar con unos y otros para poder llevar a cabo una gestión eficiente y racional. "Pregúntale a la del 5A o al del 1B: yo fui el que más se opuso a este trabajo, me explicó.
Pero sus explicaciones en torno de las internas me adormecían y mi mente intentaba evaluar si era él o la gente del Consorcio las que estaban entongadas. "Inútiles, son todos unos inútiles", pensaba mientras la decisión de meterse en el consorcio iba madurando. La invitación no tardó en llegar: "porqué no se viene a la próxima reunión, así nos explica todo lo que me está diciendo".
El día de la reunión llegué al hall de la planta baja y me llevé una sorpresa. Después de una primer mirada no pude identificar a ningún sospechoso. Más aún, me despertaron una agradable sensación y -oh hallazgo- el presidente era mi vecino de piso; él vivía en el 3A, que mira a la calle, y yo en el C, en el contra frente. Era un tipo macanudo, un ingeniero, cuya mujer y la mía habían alcanzado una relación tan grata como respetuosa.
La del 5A y el del 1B tampoco tenían aspecto de mal andrés. Al contrario, la señora parecía muy poco profesional para el cargo que desempeñaba y el otro estaba evidentemente a disgusto tanto en el puesto como en la reunión. "La reunión vuelve a foja cero", me dije.
El tema en cuestión duró un tiempo demasiado breve para mis expectativas, aunque más que suficiente para el grado de acuerdo alcanzado. Por otra parte, había una treintena más de temas por tratar y percibí que mi aporte fue muy bienvenido.
Mi sorpresa fue mayüscula cuando, en la siguiente reunión, se discutía la renovación de autoridades y hubo un consenso abrumador para que ingrese en el Consejo en reemplazo del atribulado doctor y era claro el clamor para que acepte la presidencia del órgano que gobierna el edificio. Aunque significaba un honor, no era algo muy impresionante: de los 25 propietarios sólo un tercio, como mucho, concurría a las reuniones, y eran casualmente los individuos menos ocupados y profesionales. Desconfiado como soy, por un momento, pensé que era una maniobra para que alegue algún rubor y dejara pasar el convite por lo que no dudé en aceptar. De inmediato, todos me felicitaron seca y fugazmente, anque el administrador. Puedo asegurar que sentí un reconocimiento sincero de parte de todos.
Los días posteriores a la reunión consagratoria, aquellos circunstanciales pasajeros de ascensor me felicitaban y me expresaban su algarabía por mi ascenso en la jerarquía doméstica. Lo que me llamo la atención es que  todos expresaran motivos diversos y hasta contradictorios.
El consorcio estaba muy comprometido en su solvencia y, consecuentemente, era poca la posibilidad de resolver los graves problemas que afrontaba luego de sus primeros sesenta años de existencia. Necesitaba obras con urgencia, pero que no se podían hacer en forma simultánea por razones financieras. Ni mucho menos las podría resolver en mi año de mandato. Por más que aportara mucha creatividad, las urgentes obras de fondo no resolverían en gran medida las obras particulares. Para colmo, hubiese sido altamente sospechoso que una de las pocas obras a encarar en mi gestión hubiese favorecido a la unidad que yo habitaba, por lo que descarté cualquier reclamo marital.
El caso más evidente era la caldera. Arreglarla costaba el equivalente a las obras en cuatro o cinco departamentos. El informe técnico ayudaba poco: "puede explotar en cualquier momento,más quetambién  podían pasar cinco años sin que pase nada", dictaminaba.
Los vecinos necesitados de arreglos que concurrían a las reuniones afortunadamente eran pocos y gravitaban escasamente en las reuniones.
La mayor presión la ejercía una señora que ostentaba una espléndida formación y un pasado lleno de glorias aristocráticas. Pugnaba sistemáticamente por embellecer la entrada del edificio. Razón no le faltaba, pero no era urgente. Sin embargo, disparaba con toda clase de municiones dado que para ella su estatus era algo decisivo. Sugería que la demora de ese arreglo suponía que se debía a "otra clase de compromisos". "Siguen eludiendo este tema", acusaba. Nosotros no sabíamos cómo agradecerle su interés en participar en las reuniones a pesar de que desatendiéramos su reclamo, porque su presencia nos otorgaba el quórum necesario para sesionar.
Al poco tiempo, tuve que volver a mudarme. Tuve una gran oportunidad y no la dejé pasar. No es fácil conseguir buena calidad de metros para una familia que crece. Menos aún sabiendo que vivíamos con una bomba de tiempo que iba a costar mucho desactivar.
Un año después pasé por Mercado 1965 y, desde la calle, se podía ver que la entrada lucía maravillosamente.